Domina
por entero en Beneyto un factor irrealizante (idealizante + nihilismo)
que es lo que delata en él al poeta, no al buscador de
calidades ni al plasmador de texturas o de formas por su cerrado
valor tectónico y plástico. Un juego de vuelos y
danzas que penetran en laberintos de espacios abiertos al infinito.
Un arte imaginativo, pero sometido a una reflexión estética
que muestra una pureza innata mejor que adquirida en el crisol
de la ciencia artística. Esto es lo que vemos en Beneyto,
junto a un anhelo de permitir que algunas zonas de su iconografía
se acerquen a la sátira social, con más ironía,
apenas perceptible, que acritud. No es ésta ocasión
para hablar de la vida del pintor-escritor, pero sí diremos
que está en plena consonancia con el impulso dominante
en su obra: rechazo de las constricciones objetivas, búsqueda
de viajes, movimiento, capacidad para fijar las propias leyes.
Unido esto a un gozoso interés por lo que, algo paradójicamente,
pudiéramos llamar anecdótico/significativo: el encuentro
inesperado, lo concentrado por breve, lo inventivo que se diría
gratuito y no lo es porque brota del fondo de una actitud de disponibilidad
auténtica, de entrega a lo inmediato.
Por eso las imágenes de su Serie azul son únicas
cada una de ellas, aunque hayan dado realidad a una colección
de apariciones que, por medio de una alquimia tan heterodoxa como
el Pop de este artista de hoy, transmutan la materia prima no
en oro, sino en un humo tintado de anilina, capaz de adensarse,
aligerarse, fluir, derramarse, figurar, desfigurar, fulgurar y
silenciar a la postre cuanto en el hombre es desesperación
y lucha estéril.
Juan-Eduardo Cirlot