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El
Postismo de Beneyto se instala en el placer de los sentidos,
en el impulso frenético de la imaginación, en una absurdidad
equívoca, en una lógica interna y técnica, en una
estética libre de ataduras. Por ello, cuando en su pintura aparecen
aquellas manos inquietas y delirantes, como pinzas o pájaros —l’oisseau
est la fleur du règne animal—, pensamos en las manos del
Cuarto Manifiesto Postista, de Chebé-Ory, equivalente hispano del
hombre cortado por la ventana de André Breton. Y cuando surgen
aquellos tridentes impulsados
por los grises metálicos de las mareas de Neptuno —l’archétype
de l’intégration ou la dissolution universelle—, nos
acordamos de las visiones ternarias de Rabelais, Dante, Brueghel, Ernst
o Michaux, tal como las ofreciera el Tercer Manifiesto Postista: raíz
«tri» de Trimurti, de trinidad, de trineo, de tripa o de tridente.
El mismo fundamento simbólico presenta La escala de Jacob, con
su sigma ascendente y descendente, que inserta con el mundo onírico
hebraico y enlaza con aquella mediterraneidad —oriental, clásica,
moderna— de la que nunca ha renunciado: la pintura egipcia, la cerámica
cretense, la dramaturgia griega. Lo que ocurre es que el creador sabe
metamorfosearse, tomar distancias, desdoblarse, como nos descubre en un
oportuno aforismo: Michaux se esconde detrás del cuerpo de doble
cabeza mientras mi trazo me hace olvidar algunas extremidades. ¡Ay!.
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