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BENEYTO
EN EL BARRIO GÓTICO DE BARCELONA
JAIME
D. PARRA
Me
atraen los autores en cuya escritura puso huevos la serpiente roja
o morada del sueño. Puedo entonces entrar en sus páginas
de sangre y fuego, excremento o martirio.
La primera vez que vi a Antonio Beneyto no le conocí, quizás
por el soslayo doble de su mirada egipcia o por el bien dispuesto
disfraz a lo Demis Roussos que le cubría. Era en 1974, cuando
hierático escribía en el café La Opera. Y ello
a pesar de que el divino Mario Lafont me arrastraba a las presentaciones
de sus libros y pinturas: Beneyto en el Paraguas, Beneyto en el
London, Beneyto en la Plaza Real o demiurgo en las noches de Barcelona.
Fue
más tarde cuando por medio de unos amigos comunes entré
en contacto verdaderamente con el personaje: cuando un viento sin
ojos se hubo intercalado en nuestros cabellos. Estaba entero: vi
al niño tierno, al pintor onírico engendrador de figuras
a partir de una mancha, la guiñador de los dioses como Panizza,
al postista lúdico y travieso, al poeta leautreamónico
en prosa. En su estudio de la calle Còdols hablaban las tintas
de Cirlot, Pizarnik, Ory, Brossa, A. F. Molina, Cela, o goteaba
el recuerdo de Macedonio Fernández. Todavía hiende
en mi memoria el autógrafo rápido, enérgico
de Cela, en 1980: “Beneyto habla con la mano, pinta con el
corazón y gesticula con el alma que gime como un tigre con
cien dardos clavados en los huevos (…) Beneyto es pariente
próximo de Van Gogh (…) su arte es evidente y existe
y se presenta en cueros como el milagro”. Y aquella página
entusiasta de Ory: “Beneyto vivenciado”. Me gusta que
el escritor retenga su infierno y no renuncie al sobresalto, ahora
que la profesionalización aséptica se adueña
del mundo de la literatura y la corrección nos mata.
Estos
días dos cosas ocupan la mente de Antonio Beneyto: su exposición
en la piscassiana calle Avinyó –donde rosadas mujeres
tallaron sus muslos de madera quemada- y el destino de su último
libro editado. En la exposición dejará ver, en Tres
Punts Galeria, entre otras obras, su simbólica Escala de
Jacób, un tríptico en forma de sigma por cuyos peldaños
ascienden o descienden los ángeles de los poemas de Unamuno,
las figuras del Génesis, los elam del mundo del Osiris, o
si lo prefieren, rota rotando, el gran maestro del espejo vacío,
la visión helicoidal de Yeats o los círculos permutativos
del poema de Abulafia. Y no se pierden tampoco la mirada de hipotéticos
dragoncillos terrosos. En el libro Cartas apócrifas y otros
cuentos (Madrid, Ed. Libertarias, 1994), con ese azul gaseado tan
suyo, puso Beneyto también mucha pasión.
Es
más: tal vez sea esta la obra suya que mejor sintetiza su
trayectoria, sus estilos. De hecho lo que se dan son tres encuentros
con lo imposible, tres Beneytos.El
primero es el lírico, el de las cartas a Eneri: la imposibilidad
del amor; del amor que se va y deja sus llagas, sus abiertas cicatrices.
Es el más personal dolorido o intimista, escrito en una línea
en que también se expresaron grandes poetas modernos (Hölderlin,
Nerval, Neruda, Pizarnik, Stevenson). El segundo es el narrativo,
más lúdico y humorístico, el de la imposibilidad
de la edad, y el gesto del ingenioso niño postista de salidas
(in)verosímiles o sorprendentes y terribles. Beneyto se mueve
bien en este estilo del que es padre Carlos Edmundo de Ory. El tercero,
más realista y distante, es el de los cuadros dialogados,
en donde satiriza ciertas pandillas estudiantiles, cuya carrera
–tercera imposibilidad– y banales ocupaciones son captadas
por el ojo entre objetivista e irónico del autor, cercano
aquí a ciertas figuras de la novelística (Sánchez
Ferlosio, Robbe-Grillet) y del mundo del film (Antonioni, Buñuel).
En esta tercera parte Beneyto maneja bien los diálogos, que
discurren con fluidez, y al desaparecer el narrador se nos oculta
también él. Un libro, en resumen, de heridas y otredades,
amalgama de enfoques diversos (subjetivo, fantástico, cotidiano)
que pone en sorna el mundo de las apariencias, aunque sean verdaderas,
con una buena dosis de ternura y humorismo; un digno heredero del
surrealismo, el filopostismo y del objetivismo: azul, amarillo,
verde.
El
lector podrá entrar en estas páginas sin escandalizarse
ni aburrirse, si antes no le escandalizaron o aburrieron Ginsberg,
Giorno, Genet, Bierce, Swift, Ory, Girondo, Cortázar, Michaux,
Kafka, Ducasse, Macedonio, A. F. Molina, Ferlosio, Viladot, Laglace,
Arrabal o Serra.
Escribo
de noche, a fin de año –uno de los motivos de la escritura
de Beneyto. En el cuento El gato de la portera de su libro Textos
para leer dentro de un espejo morado (1975), leo: “La estatuilla
me sacaba la lengua groseramente. La gente celebra por la calle
el fin de año comiendo racimos de uva. A mí me daba
mucha envidia verlos. Deseaba ser como ellos y no podía.
Aquel fin de año sería para mí como fueron
todos los otros; tristes, muy tristes. O tal vez más; aquella
noche la portera de mi casa quería que su gato durmiera conmigo”.
Y tengo de pronto un gran remordimiento: debería haber llamado
a Antonio Beneyto.
J.
D. P. |
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