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INSTANTES
El niño estaba partido por la mitad. Hasta el corazón
le dolía. Y el hígado y otros rincones del cuerpo.
Y lloraba lágrimas de sangre. Sin embargo, aunque el niño
estaba allí, en aquel paseo y sentado en la silla de alquiler,
él aún tenía medios y formas de pensar. Y por
esto se entretenía en componer, en fundir algunas palabras.
Palabras rotas, malolientes. Y también hacía movimientos.
Como podía. Como sus trozos le permitían. Y por esto
se agachó, para coger del suelo una colilla que había
muy cerca de la punta de su sandalia. La tuvo entre los dedos de
la mano izquierda. Para todo empleaba esta mano. Era zurdo. Y entonces
pensó que pudo haber sito torero. Las buenas faenas se hacen
con la izquierda. O podría haber sido boxeador y hubiera
despistado a sus contrincantes con la guardia invertida. Y su pegada
hubiera sido dura. Los zocos pegan muy fuerte. Sí, él
debió boxear antes de llegar a niño. Ahora, ya no
podía. Estaba cansado. Fatigado por su anterior vida. Había
corrido mucho y por esto se sentía partido. Y lloraba sangre.
Y se limpiaba con un pañuelo color rojo. Había amado
demasiado y no podía llevar un pañuelo blanco. Demasiada
pureza para él. Demasiada pureza para aquel niño que
hasta hizo la guerra. Y mató hombres. Porque le obligaron.
Y le hicieron seguir unas normas, unas directrices los que decían
eran sus jefes. Y le ordenaron como si fuera una máquina.
Y él tuvo que obedecer. Y también tendría una
amante. Y con ella pasaría años felices. Los más
felices que hubiera podido nunca pasar. Y por ello él se
alegró mucho cuando encontró a su amante. Y tenerla
siempre a su lado. Aunque los de su pueblo le dijeran, le aconsejaran
que aquello no estaba nada bien. No estaba bien visto. La iglesia
le condenaría. Pero él había hecho la guerra
y tenía derecho a la amante y a otras muchas cosas. Sin embargo,
él, el niño partido por la mitad, no quiso aquellas
otras cosas que le ofrecieron y por esto eligió una amante
que ellos no le dieron. Iba contra sus propias leyes. Y él
se la buscó. Y quiso ser libre. Independiente. Qué
alegría sentía. A veces, pensaba. Y aquel día,
en aquella silla de alquiler y aún con la colilla en la mano
se decía: “Nadie manda en mí. Soy libre. Libre.
Libre. Libre. Y es tan hermoso. Tan hermoso. Sin embargo, por qué
tengo esta colilla entre los dedos. En mi mano zurda. En mi izquierda.
Por qué. Yo, ahora, niño, quisiera todavía
tener la sonrisa de mi antigua amante. Y verla siempre a mi lado.
Y sentir sus palabras. Torpes, a veces, y hasta algo mal dichas.
Pero tenerla aquí. Y, sin embargo, qué partido estoy.
Qué duro, penoso, es llegar a niño. Qué terrible
es llorar sangre...”
Y el niño se levantó de la silla y marchó paseo
abajo. Por la acera de la izquierda, pues la gente venía
toda por la derecha y él prefería beber agua de aquel
botijo que la mujer desconocida tenía al fresco en la ventana.
A aquel muchacho lo rompieron en cuatro trozos y por esto se sujetaba
difícilmente sobre el taburete de la cafetería. Detrás
del mostrador las mujeres vendían las sonrisas. A todo el
gentío que pasaba por allá. Aunque estuviera roto
en cuatro partes como él. Servían y daban sus palabras
siempre sonriendo, gratuitamente. Qué terribles y ficticias
sonrisas. Él lo sabía y, sin embargo, todos los días
acudía allí. Como si aquello fuera una ritual y mágica
cita. Y se enrolaba con el humo del tabaco rubio. Y sentía
en su trozo de los sentidos el aroma agrio que algunas de aquellas
rojas bocas exhalaban. Y que en él producía náuseas.
Y horribles dolores de cabeza. Y de axila maloliente. Tal vez era
el sudor húmedo de aquel rincón. Y escupía.
Y asqueaba contra todo. Contra todo lo que le rodeaba en aquel instante;
en aquel segundo de su vida. Y entonces pensaba en los años
que fue viejo y que estaba casi todo el día al sol. Buscándolo.
En aquel parque. O en el balcón de casa de sus padres, pues
él tuvo en una época un bello y amplio balcón
desde el cual veía a los ancianos jugar en la calle. Jugaban
a las bolas. Al pillao. Al escondite. A veces, ellas, las ancianas,
también tomaban parte en el juego y él siempre procuraba
esconderse detrás de la puerta de casa de Jonás con
la compañía de una de ellas. Y así sentía
su aliento cerca y su roce y su cállate, que viene ése
por ahí. Le gustaba refugiarse con una vieja. Y cuando no
se escondía con ellas lo hacía solo. Sin nadie a su
lado. Le fastidiaban sus compañeros ancianos. Por ello, en
aquel instante y aunque estaba partido en cuatro trozos, pensó
en buscarse una amante y abandonar a su mujer e hijos. Tal vez de
esta manera lograra reunir de nuevo sus cuatro trozos y reorganizara
su vida: quebrada; más que quebrada, rota. Como si le hubieran
dado cuatro tajos. O quizá dos; sí, con dos hubiera
sido suficiente. El caso era que lo tenía más que
decidido: “Buscaré una amante. Viviremos en un pequeño
pueblo. Donde no existan cafeterías. Donde apenas se vean
personas. Donde tenga que saciar mi sed con agua de pozo. Donde
tenga que cuidar a mis animales. Donde pueda leer horas y horas,
¿existirá el tiempo allá? Leeré sobre
todo a los clásicos y también ese libro que llaman
El Quijote. Lo estudiaré línea por línea. Palabra
por palabra. Letra por letra. Y sobre todo lo que eran Sancho y
su amo. Y aprenderé de ellos, de su filosofía. Y querré
mucho a mi amante. Y entonces seré muy feliz...”
La cafetería estaba llena de hombres. Las mujeres o mujerucas
seguían vendiendo sonrisas. Mientras, el muchacho a trozos
dejó el taburete y abandonó el local: iba en busca
de una mujer que él llamaría siempre amante.
El anciano veía a los otros ancianos de todos los días
y como éstos echaban a navegar en el estanque sus barquitos
de papel. Y reían. Y gritaban. Y daban saltos que, a veces,
hasta llegaban a alturas insospechadas por ellos mismos. Si los
niños los vieran, ¿qué dirían de aquellos
viejos? Viejos juguetones y de ojos pícaros. Viejos de ocho
pedazos y que no sabían llorar lágrimas de sangre,
como los niños. Ni sabían hacer otras tantas cosas.
Ellos estaban obsesionados con los fantasmas. Y pensaban en brujerías.
Ellos no podían chochear. Estaban con la mente llena de colores
hermosos y de cosas imaginarias. Y jugaban a los barcos de papel;
a la guerra de mentirijillas. Y corrían y gritaban mucho:
mucho, mucho, mucho, mucho. Hasta acabar casi con la voz. Y precisamente
por esto, por las noches, caían rendidos, deshechos en la
cama. Aburridos de ser viejos. Aburridos por no haber llegado ya
a niños y saber y comprender muchas cosas. Y haber corrido
y pateado bien por la vida, por todo el mundo. Con el zurrón
a la espalda y con pocos medios; que es lo bueno y que es donde
se aprende. Qué estupendo sería aquello. Y no allí.
Jugando a los barcos de papel, en el estanque, echándose
agua, riendo y por las noches yéndose a dormir pronto. Qué
asco le daba todo aquello. Y luego por las mañanas a hacerse
el lazo del zapato. Doblándose por la cintura. Cogiendo los
cordones azules por los extremos. Hacerse el nudo sencillo y luego
el lazo. Qué difícil era todo aquello. Sin embargo,
cuando lo aprendió era muy diferente y muy fácil.
Pero hasta entonces las que tuvo que pasar. Ya estaba hecho el lazo.
Ya estaba en la posición de siempre. Y sentía cómo
la sangre del corazón se le metía en el bolsillo izquierdo
de la chaqueta. Ya se sentía, otra vez, como hecho pedazos.
Éstos eran tan pequeñicos que después los echarían
a los peces de colores que nadaban por el fondo del estanque. Y
entonces el anciano, el viejo, pensó que qué podía
hacer con él. Total, la vida que le esperaba. Él ya
la vislumbraba en al lejanía. En donde los años y
las ideas se hacían niños. En donde la mente siempre
sentía, recordándolo, el pasado.
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