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NO
SMOKING WITH WOODY ALLEN
Es
lunes y víspera de la conmemoración del día
de la Independencia de América. Michael’s Pub, en la
55 St., seguro que estará lleno de un público predispuesto
a deglutir las viandas que las camareras echarán sobre las
mesas. Mesas casi juntas, sin apenas espacio para las sillas; mesas
amontonadas, que a los asistentes al concierto les obstaculizará
mover su trasero con holgura, se verán como amarrados, sujetos
en sus movimientos mientras esperan impacientes que suban al estrado
New Orleans Funeral y Ragtime Orchestra con Woody Allen como clarinete.
Michael’s Pub, en Manhattan, es una bo-chornosa dictadura.
Nada más atravesar la puerta de entrada ya se da a conocer
el primer esbirro haciendo marcar el paso: “De aquí
no se mueva –te ordena autoritario–, hasta que yo le
diga”. Y los tímidos o los acostumbrados a obedecer
se detienen como auténticos autó-matas, como imbéciles.
Ni ella ni yo nos detu-vimos y a toda prisa recorrimos el pasillo,
aun cuando a nuestras espaldas sentíamos el gri-terío
del esbirro principal. Y como si se tratara de una manada de ratas
huyendo de las cloacas, el griterío seguía sin acallar,
como una estela, como un eco que resonaba al fondo del pasillo,
en donde ya nos estaba esperando el esbirro menor para indicarnos
el camino a la mesa reservada, y todo ello con aparentes signos
de amabilidad. Y en verdad ¡qué gran estafa esta aparente
amabilidad!
Y ya a la mesa.
El local va llenándose poco a poco de un público adicto
al jazz o a Woody Allen, quién sabe.
Las mesas están cubiertas, en vez de por manteles, por papelitos
de todos los colores, entre los que predomina el rojo. Y los papelitos
están impresos con consignas de acento reaccionario y dictatorial.
Oraciones fanáti-co/religiosas. Prohibiciones: No smoking
with Woody Allen. No grabar ni fotografiar. No hablar ni comer hasta
que lo indique la dirección. No mirar a tu acompañante
y aún menos acariciarlo por debajo de la mesa...
Así hasta una larga y agotadora lista de prohibiciones que
deja abrumado al público que llena el local. Público
al que en principio se le verá poco predispuesto para escuchar
música y con apenas apetito para iniciarse a comer lo que
las camareras sonrientes irán dejando por las mesas: Prime
filet Mignon W/Mushroon Cap. Caramelized Onions and potatoes. Y
también sin apenas ganas de sorber un trago de la Samuel
Adams Lege y es y era como Take the money and run. Toma el dinero
y corre o toma la comida y corre. Qué bruma tan espesa, densa,
correr o correrse en un espacio tan reducido. Si al menos estuviésemos
comiendo higos y apaleando tal vez nos llegaría el orgasmo
y gemiríamos como plañideros, hecho que en Manhattan
es un hábito y de éste hábito sabe mucho Woody
Allen. Por algo es aficionado a Charlie Parker y a Groucho Marx,
sin olvidar a Louis Armstrong, que es como decir algo así
que ama, enreda o enristra (o sea que hace ristras de ajos) con
el bebop, género de régimen polirrítmico que
se introdujo en las jamsessions en plena Gran Guerra.
Aún el público no había acabado de echarse
el último bocado al estómago, cuando empezaron a subir
al estrado New Orleans Funeral y Ragtime Orchestra y entre ellos
se encuentra también con sus juguetes (clarinetes) Allen
Stewart Königsberg, más conocido actualmente por Woody
Allen, que creció ha-ciendo muñecas de papel y vistiendo
los recor-tables de Deanna Durbin y emborrachándose a temprana
edad de jazz cuando escuchaba un programa de radio dedicado al clarinetista
y saxo Sidney Richet. También en este tiempo Allen Stewart
Königsberg andaba siempre rodeado de mujeres, de faldas. Su
madre y nada menos que seis tías constantemente acosándole.
Pero él aprovechaba estas faldas para hacer juegos de magia
tras ellas. Y estos juegos siempre acababan aplaudidos a rabiar.
Y entonces, entre truco y truco, aparecía la maldad de niño
consentido y preguntaba a sus tías: “¿Dios existe?”,
y casi a coro ellas respondían: “¡Niño,
eso no se pregunta!”.
Woody Allen, mientras come una manzana o va a mear al retrete, reflexiona
sobre este mundo al recordar que su vecino había muerto hacía
sólo unas pocas horas sin llegar a descubrir el verdadero
sentido a la vida, y esto a él no le podía ocurrir,
porque todos los lunes iba a Michael’s Pub a hacer música
y aunque siempre atolondrado, ridículo y sin pistolas, las
pistolas por aquello de los nazis, sube y sube al estrado un lunes
y otro lunes con parsimonia y como si este acto fuera un rito (y
en verdad un rito es ir a tocar el clarinete a Michael’s Pub).
Y siempre en silencio, cabizbajo casi de puntillas y nada reflexivo.
Y acomodado ya en su silla se despoja de la chaqueta con suma discreción
al tiempo que olvida que el público lo sigue en cada movi-miento,
en cada gesto que realiza. Hecho éste que le hace divertirse
y recordar cómo aquella estudiante de antropología
movía la lengua dentro de su boca cuando la besaba debajo
de la ducha. ¡Qué delicia! Y ahora allí, unido,
pegado a su Orchestra, haciendo comentarios por lo bajo, a media
voz y sin mirar a nadie, y sí mirando la punta de sus zapatos.
Y Woody Allen tímido sobre el estrado y arropado por sus
colegas músicos. Siempre con las piernas cruzadas. Una sobre
otra. Apoyándose. Siguiendo el ritmo. Golpeando con la punta
del zapato en la tarima. Al lado mismo, codo con codo de su colega/amigo
Eddy Davis, que tiene entre sus manos el banjo, como si de su amante
se tratara. Cuánto cariño el de Eddy Davis por su
instrumento. Lo acaricia de arriba/abajo por el largo mango; con
qué suavidad se mueven las yemas de sus dedos sobre la tensa
membrana, pensando que de ella saldrá, nacerá esa
nota precisa, justa, que él busca. Qué proliferación
junto al clarinete de Woody Allen y los otros instrumentos de la
banda, que detrás de un tema han ido añadiendo otro,
olvidando el anterior, borrándolo, arañándolo
para que el público se irrite y al mismo tiempo se entusiasme
con ellos. Con la misma música y así, sin apenas darse
cuenta, olvidar las prohibiciones de Michael’s Pub. Y también
olvidar el mismo miedo que les infun-dieron los esbirros. El miedo
desaparece y em-piezan a hablar con normalidad. A sacar su tabaco
y fumar. Y a grabar, a grabar la música que están
haciendo. Y graban en sus diminutas maquinitas y se acarician sin
reparo por debajo de las mesas y se besan con auténtico descaro.
Apasionadamente. ¡Ay! Y gritan y saltan hasta donde pueden.
Y aplauden el polirritmo que aguanta la banda con habilidad, o los
solos que van alternando sus componentes. Los músicos se
calientan con el ambiente y el público se inhibe de las absurdas
y ridículas prohibiciones y de la mano de hierro de los esbirros
del local, lo que aprovecha ella, mi amiga, entre la gran algarabía,
para hacer una foto tras otra. Qué adicción, qué
placer siente ella entre sus muslos cada vez que se levanta de su
asiento para fotografiar a la banda, a Woody Allen. Y a Woody Allen
se le ve enormemente emocionado al sentir que el conjunto de su
banda consigue un gran momento de armonía y aún más
se excita al descubrir que la máquina de ella, de mi amiga,
lo fotografía, los fotografía. ¡Qué dulzura!
¡Qué vulgaridad! ¡Qué orgasmo! Sin embargo,
el esbirro que acaba de asomar la cabezota en el local, tal vez
atraído por ese momento de armonía de la banda, no
piensa igual, ya que al darse cuenta de que una cámara de
fotografiar sube y baja al fondo, al otro lado, él empieza
a saltar de mesa en mesa, de silla en silla, hasta colocarse delante
de ella, de mi amiga, y con un gesto duro y agresivo intenta arrebatarle
la máquina de fotografiar. Y fue entonces (¡qué
escándalo formó el esbirro! ¡qué puñetazo
le hubiera soltado!), sí, es aquí cuando estuve a
punto de hacer un número de saloon a la americana, de hamburguesa
con tomate de plástico, de western almeriense, ya que pasó
por mi mente dar un puntapié a la mesa y arrastrar tras ella
al insolente esbirro. Pero sólo me pasó por la mente
esta escena cinematográfica; y ahora, cuando escribo, me
arrepiento profundamente de no haberla organizado. Tal vez, al día
siguiente hubiera salido en las páginas de The New York Times.
Sin embargo, el público obvió el incidente y siguió
el ritmo de la banda. Y la aplaude, y entre ellos se acarician,
y sonríen, mientras algunos de los músicos empiezan
a despedirse. Sólo quedan en el estrado Eddy Davis con su
banjo entre los brazos y Woody Allen con el clarinete sobre sus
rodillas; tienen que cerrar el espectáculo ellos dos solos,
allí arriba. Y el dúo empieza a tocar su primer tema,
lo que hace que el esbirro se amanse y decida ir a la puerta del
club a proteger la limusina de Woody Allen, mientras el clarinete
es recibido por un público ya completamente desinhibido y
entregado al quehacer de su música, de su músico de
jam-sessions: Woody Allen.
Y escuchando el arranque del último tema que interpreta el
dúo, al narrador de No smoking with Woody Allen se le remueve
la memoria y recuerda al amigo de otro tiempo, periodista de moda,
especializado en analizar la política nacional de su país
en la prensa de la capital, en tertulias radiofónicas, en
debates televisivos y en los foros de las universidades de verano.
Gran vividor y putero él, su amigo el periodista solía
presumir y repetir frecuentemente entre sus amistades: “A
todas las putas les gusta cómo monto”. Y es que la
memoria siempre juega a no equivocarse: el último tema que
están interpretando Eddy Davis y Woody Allen es All The Whores
Like The Way I Ride.
¡Ay, siempre las coincidencias de la puta vida!
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