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EL
MALABAR DE MANOS TRISTES
Antonio
Beneyto
Aunque
en “El espía del ramo marchito”, de Alberto Tugues,
figuro como creador plástico, tendría que recurrir
a la frase del pintor catalán Nonell: “Jo pinto i prou”
y callarme, no escribir nada; pero aquí y ahora, deseo desdoblarme
e ir al otro lado de mi personalidad; y esto es lo que estoy haciendo.
Me transformo en escritor y ya empiezo a decir, a dibujar con las
palabras qué he dicho y que sigo haciendo con los dibujos
que le alquilé a Tugues para el libro. Pero, lo que él
no sabía, ni sabe aún, ahora se lo descubro: es que
los dibujos han sido ubicados entre las páginas del libro
como sagaces y peligrosos espías para que realicen su investigación
a través del texto.
Desde el primer dibujo, de la página 18, que espía,
de espaldas -metido en un recipiente de cristal- al hombre sin cuerpo
que sufre escalofríos cuando se roza con la gente, al tiempo
que pesa las pocas palabras que dice en su soledad (ya que los vecinos
del barrio ni siquiera se dan cuenta del dibujo que sigue en la
página 32); el personaje sólo y acariciándose
el alma, observa con ironía, con su doble perfil y las tetas
al aire. Mientras en la balada de los vecinos, el dibujo levanta
la mirada al cielo, para no saber nada del suicidio del grano del
uva negra que tenía tatuado en el abdómen, en el lado
izquierdo.
La vecina malabarista de manos tristes se da cuenta que está
siendo espiada por el dibujo y también alza la cabeza al
cielo, irónicamente.
Y en la balada de las novias alquiladas, otra vez el suicidio. Pero
el autor del libro y el dibujo coinciden en que es falsa esta muerte
en la habitación ¡tanta ficción ocurre en el
barrio! Él esperaba morir un día en la habitación
fría en la que se veía, habitualmente, con su novia
alquilada; por eso, el dibujo de la página 58 desea trasladarse
a la página 52 para estar más cerca de ella.
Él era quien había sido amado y también des-amado,
y ahora ya no era sino el amador muerto, un novio fracasado y desconocido
en la cama de siempre. Por esto, al dibujo espía de la página
70 le brotan rabos, tetas, y abundante pelo en la ceja izquierda.
Oberserva desde el escondrijo del jardín a los novios, al
tiempo que lleva consigo unas flores marchitas, que había
hallado en una papelera y con las que hacía primorosos ramos
de novia. Es lo que solía hacer el novio muerto y, además,
escribir cartas de amor al revés, mientras iba por el barrio
anunciando su suicidio, aunque las gentes, sus vecinos, ya no le
creían: veían en él al perdedor, al engrillotado.
Tenía 20 años, por ello no es extraño que anduviera
de este modo a ciertas horas buscando siempre novios entre los árboles
del parque. También manos, pero él ignoraba que allí
le estaba espiando el dibujo de antes de escribir el relato. Tal
vez por eso encontró al dibujo de turno redactando cartas
de amor para otro, por indicación de Sören Kierkeggard.
Por el barrio, por la calle, le entregaban notas escritas que después
leía. También recibía notas cuando entraba
en algún bar; pero entonces el dibujo de la página
92, con doble cara y llevando como corbata un dedo, lo calmaba al
descubrirlo con una novia alquilada en la habitación, en
donde ocupan su tiempo manoseando el corazón, tanto ella
como el hombre desnudo que la acompaña, los acompaña.
Después de transcurridos seis meses, volvió a la pensión
de la habitación cerrada y allí seguían los
dos, desnudos (el hombre y la mujer) pero con el corazón
oculto en el cajón de la mesita de noche.
El dibujo/niño, sin brazos, pero con corbata y pantalón
bombacho, de la página 117 está ahí para espiar
al vecino que se enamoraba de los niños.
Y por otro lado, por un sentimiento de más, a puerta cerrada
en la habitación de los amantes, aún con el corazón
caliente sobre la mesita de noche y un niño muerto que sube
y baja por la última escalera, tranquilamente.
Las ratas y el amor: una sola royéndole por dentro, sólo
por tener la delicadeza de recorrer todas las tiendas del barrio
en busca de pasadores blancos para el cabello, pues así lo
requiere el dibujo/personaje de turno.
En la cena interrumpida, el dibujo espía de la página
127 (con tres cabezas, de perfil, de frente) intenta, astutamente,
como es su obligación, averiguar qué sucede en la
habitación, mientras él se queda allí solo,
con la mesa puesta, con sus cabellos erizados por el frío,
por la tardanza. Cosas del amor, pensará. Luego, ya por el
barrio, al atardecer empiezan a seguirle dos individuos y los dibujos
siguen haciendo su labor de espías, como siempre.
En la declaración de amor a nadie, a través de la
niña de la fotografía, fue cuando tuvo el nuevo encuentro
con la novia alquilada, la balada de un hilo ensangrentado, troceado
en el bolsillo: eran sus obstrucciones amorosas, la memoria, la
nostalgia, el fracaso, su derrota sentimental.
Y, concluyendo, los 16 dibujos que figuran en el libro, inclusive
el de la portada, fatigados de espiar al personaje de la historia,
decidieron descansar yéndose a dormir, y fue éste
el motivo por el cual no pudieron asistir a la segunda noche de
bodas, en la que los cónyuges usaron dos veces el célebre
orinal de porcelana: dicen algunos cronistas del barrio que desde
aquella noche él no ha vuelto a enamorarse más y que
siempre tiene a mano, debajo de la cama, un recipiente de porcelana,
para las urgencias de amor.
Aún en estos días recorre las callejuelas del barrio
con aspecto de pobre vagabundo, de pobre amante y con un hilo ensangrentado
en el bolsillo.
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