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LA
LENGUA HA SALIDO DE VIAJE
NICOLE
D'AMONVILLE
Antonio
Antonio Beneyto no nació en la Mancha ni trabaja en Barcelona
desde 1967. Sin embargo, publicó, entre otros, los siguientes
libros nunca escritos: Una gaviota en La Mancha, libro de viajes,
Palma de Mallorca, 1966, que empalmó con La habitación,
novela, Madrid, 1966; y ya colgado de una viga, Los chicos salvajes,
narraciones, Barcelona, 1971; y Narraciones de lo real y fantástico,
libro disparate, Barcelona, 1977; Algunos niños, empleos
y desempleos de Alcebate, narraciones breves que se agotaron sin
que él llegara a leerlas, Barcelona, 1974; Textos para leer
dentro de un espejo morado (patrimonio del mismo espejismo), Barcelona,
1975; y El subordinado, novela, Madrid 1981.
A
pesar de todo, su obra ha sido traducida parcialmente al polaco,
griego, portugués, francés, lituano y se está
todavía traduciendo al castellano sobre el que va montado
pariendo niños que en la adolescencia interrumpieron todas
las reglas del lenguaje y que, en la madurez, se desvelan en la
violación de vocablos vírgenes.
Así,
Cartas Apócrifas (y Otros Cuentos) Ediciones Libertarias,
Madrid 1994, prolifera sus visiones en un mundo de ensueño
que traza huellas subterráneas donde todo es posible: “Uñas
despeinadas” y un “clítoris” que “baila
toda una noche” al son de una “nariz amamantando a una
gatita leridana”. Un mundo en que las palabras se ven sometidas
a la pericia del sastre que corta la materia para reordenarla a
su modo según le dicte su imaginación. A las palabras
hay que “Ordenarlas, coserlas en la celda oscura del lenguaje”,
como en un juego a la gallina ciega. El artista –porque Beneyto
también pinta y ha expuesto en toda la Península,
Suiza, Portugal, Inglaterra, Polonia, Alemania y Estados Unidos–
lleva una venda en los ojos que sólo se quita para comprobar
que, una vez más, ha acertado: ¡el traje le va a la
medida!.
Por
supuesto, es el reflejo quien habla. Y es el reflejo quien conversa
con otros reflejos como Lautréamont, Wilanowski, Jasper Johns,
Bedrich Smetana, el Diario del Simbolismo, Dizzy Gillespie, Cesc
Gelabert, Telemann, Kumari Rasika, Roland Penrose y otros que se
intuyen detrás de la tela como sombras chinescas. Mundo de
ensueño en el que la fantasía tiene barra libre para
embriagarse con el elixir de un orgasmo “profundo, espasmódico”.
Je,
est un autre, decía Rimbaud y lo mismo podría decir
ese niño que antes de cumplir el año esculpía
en torno suyo la esencia del surrealismo, “llenando de cebollas
y patatas la taza del retrete”, “ocultando los huevos
entre las cenizas del fogón” y orinando en la paella
desde lo alto de una silla. ¿Cómo iba a ser responsable
de sus actos un bebé? Era ya el otro.
Así,
las “cartas apócrifas” nunca se escribieron y
“los otros cuentos” pertenecen al otro que casi siempre
viste de traje del sastre y al final se disfraza de transeúnte
mirón ocupado en los quehaceres del mundo exterior.
Quien
conozca la pintura de Beneyto comprenderá que este libro
es un billete al mundo fantástico del que se ha cosido la
lengua al paladar y mientras ésta se queda en la sombra,
el otro ha salido a disfrutar del lenguaje tridimensional de las
percepciones.
REVISTA TURIA Nos 32-33.
Teruel, junio de 1995.
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