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CARTA
A ANTONIO BENEYTO
FEDERICO
GALLEGO RIPOLL
Antonio
Beneyto habita las telas que pinta. Antonio Beneyto pinta los relatos
que escribe. Antonio Beneyto escribe la vida que sueña la
vida que odia la vida que desea la vida que vive.
Nada me come tiempo de quimera. De todo le he puesto. De nada de
lo que yo como me come tiempo de quimera. Pregunté a mi amigo
veterinario, en la herboristería, en la farmacia. ¿Qué
debo dar de comer a tiempo de quimera? Pero nadie sabe nada. Lo
escondo tras el anaquel de las conservas en el supermercado. Acudo
al día siguiente a ver de qué manchó sus labios.
Nada. De Nada. Le recupero, lo dejo en la despensa, en la nevera,
a la luz de la luna, en el fondo del estanque. Nada. De nada me
come tiempo de quimera.
La
noche mira hacia abajo. Esta noche nació cabeza abajo y no
hay quien la enderece. Allí abajo ha encontrado todas sus
estrellas, todos sus amantes. También su miedo, la inminencia
de la muerte. Todos los amaneceres anuncian la muerte, siempre la
muerte llega al amanecer. No quiere que amanezca. Pero amanecerá,
sin duda, mientras Carolyn Wtkinson y Paul Esswood entrelazan sus
voces en un dueto de Agostino Steffani, y se aman como yo quisiera
ser amado.
Siempre,
al final de los libros de Antonio Beneyto, alguien aleja el brocal
impidiendo la llegada del agua, la absolución por parte de
la luna que aguarda en su fondo. Continúa la sed. Continúa
la vida.
Tiempo
de quimera me ha dejado sin las primeras moscas. Por fin sé
de qué se alimenta. Entre mis macetas reina. Los días
pares se come las pequeñas larvas que anidan en el envés
de las hojas. Los días impares intenta morder los brotes
más tiernos. Duerme en el microondas, por si acaso. Le mantengo
a raya. Al fin sé que darle de comer. Ha hecho bien Antonio
Beneyto desembarazándose de él; le hubiera crecido
en el intestino como una tenia insaciable. En el microondas, ya
digo, aunque he debido volver a usar la cocina para calentar las
tintas, para fundir la cera y el betún de Judea, para descongelar
los ojos que conservan tan bien la emoción de las costas
de Grecia. Uno debe alimentar bien a sus huéspedes. Sin duda.
Palma
de Mallorca, domingo de ramos de 2002.
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