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ANTONIO
BENEYTO O LOS ESPEJOS COMUNICANTES
J.
ERNESTO AYALA-DIP
Porqué
sé que si lo hiciera tendría
que cruzar el espejo… volver de nuevo al otro
cuarto y ahí se acabarían mis aventuras.
Lewis Carroll
Uno
lee palabras, lee frases, luego libros, y cuando retorna de esa
misteriosa práctica de la que nadie acierta todavía
a descubrir sus orígenes (esta es una de las aporías
que más fascinan en la literatura) descubre que ha viajado,
que ha amado, que ha sido abandonado, que ha vivido, en fin, descubre
que algo ha sucedido en nosotros, algo que nos proyecta decididamente
hasta otro ámbito, extraño pero recóndito y
esencialmente nuestro. El libro que nos ocupa en esta ocasión
corrobora firmemente aquella proposición.
“Textos
para leer dentro de un espejo morado”, de Antonio Beneyto,
(Barral Editores – Colección Ocnos, Barcelona, 1975),
es una de las más claras invitaciones en el contexto actual
de la literatura española a la literatura como actividad
lúdica. El ejercicio de la construcción poética
no siempre acierta a descubrir una zona de nadie, es decir, un espacio
donde todos podríamos reconocernos, desconocernos, asuntarnos
incluso, o maravillarnos.
En
Beneyto aquella construcción se realiza hasta colmar esa
necesidad que sentimos a veces los lectores de palabras (lugares
vitales, léase) poco frecuentes, de calles recorridas, de
mujeres y hombres sólo lejanamente entrevistos.
“Deseaba
robar azules encajes donde Cristo era el motivo. Y también
deseaba robar el aires verde-negro de la ciudad que abandoné
en aquel hermoso día o acaso noche… casi destruido.”
Así
nos dice el autor, cuando no apela decididamente a la imagen insólita,
con palabras familiares un descubrimiento que su sensibilidad realiza,
que su praxis de hombre-poeta escrutiña detrás de
la bulliciosa cotidianeidad.
Es
necesario consignar en este escueto trabajo, que Beneyto jamás
disimula sus preferencias literarias.
El
que escribe esto, pudo así comprobarlo durante algunas caminatas
de verano por Las Ramblas, cuando del autor, los nombres de A. Pizarnik,
Macedonio Fernández, Oliverio Girando, Michaux, Cortázar,
J. Brossa y muchos otros que su habitual prudencia y decoro espiritual
prefirió obviar, brotaban con admiración y respeto
y sobre todo con alegría.
En
su obra (ya ahora porque recuerdo aquellos cuentos de Algunos niños,
empleos y desempleos de Alcebate) aquellas presencias conviven equilibradamente,
con mesura, con un criterio muy maduro de lo que uno debe hacer,
cuando ha pasado la mitad de su vida leyendo (y también dibujando
en el caso especial de Beneyto) y siente esa necesidad de plasmar
literariamente aquella vida y las lecturas con que aquella vida
ha sido matizada.
Volviendo
al libro que nos atañe, es necesario detenerse en aquella
sesión del mismo titulado “Nadie en el espejo y se
contempla”. Ocupa solamente una paginita. Pero en ella caben
perfectamente, dolorosamente, un tono elegíaco de acertada
configuración y el nombre de un poeta: “Cirlot recuerdas
cuando juntos observábamos la luz en los espejos de los ciegos
allá en lo más alto de nuestra ciudad. Quizá
algún día y quién sabe dónde tú
y yo nos reencontraremos reflejados en el espejo sin fondo”.
Que
Beneyto comprometa a Cirlot en ese viaje fabuloso nos parece sencillamente
maravilloso. Desde la alta ciudad los hombres prefieren soñar,
el día aquel en que ambos entren en el recinto sin límites,
antes que retornar a un territorio sin relieves, donde los veranos
sólo se miran en espejos exentos de ebriedad, duros y estúpidos.
Son
en los espejos donde mejor se mueve Antonio Beneyto. Allí,
puntos de fabulación, puede él, encontrarse con la
Chica de los Ojos Alegres, y sentir que es pasado. Solamente en
los espejos (ah, si lo hubiera sabido aquel que perdió a
Monelle) Beneyto, reencuentra la ausencia de la gente “que
ya nunca más volveremos a ver”, como un punto de partida.
El de la reconstrucción de lo ido, por medio de unos textos
acuciantes, llenos de verdor, también de tristeza, unos textos
en definitiva como búsquedas de antemano infructuosas, pero
humanas, esencialmente humanas.
TELE/EXPRESS. Barcelona, 14 de enero de 1976.
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