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Un
texto detrás de otro texto. Una línea tras otra
línea. Un dibujo por debajo de un escrito o unas palabras
escondidas por unos trazos. Colores sobre horizontes negros. Escritura
palimpsesto. La letra abre un nuevo universo de posibles. El punto
recuerda la mancha y la tinta ya no se distingue entre tanto colorido.
Y se inmiscuye un ojo entre vocales olvidadas: el cuerpo del otro
es un misterio donde se reflejan pasiones asesinas como cuchillas
a punto de cortar el lienzo. De pronto, en algún arco de
la memoria el viento rompe el silencio de un espacio, el espacio
rompe el silencio, como decir que la línea negra desgarra
los campos nevados, negro imponente que destruye la blancuras
inocentes.
El texto desaparecido, o a punto de desaparecer, inventa el dibujo
y vive de su ausencia. La biblioteca de Beneyto es un “wok
in progress”: nunca se fija ni se inmoviliza. Cambiante,
no deja lugar al desasosiego y marca un ritmo frenético
como palabras lloviendo, una a una, trazo a trazo, creando la
letra detrás de la letra. Como un texto plagiado que se
presenta como otro texto. Es el síndrome de Pierre Ménard
que Borges utilizó para rescribir, plagiándolo,
el famoso Quijote. Uno sobre otro, inextricable. En el texto ducassiano
el otro es a su vez múltiple: Lautréamont escondiendo
a Ducasse y Maldoror suplantando Dios que no es otro que el autor,
a su vez otro del lector. Espejismos de la letra. Porque una sola
letra, una simple u, permitió el paso de las aventuras
más rocambolescas (Latréaumont) a las fantasías
más perspicaces (Lautréamont), una sola U bebida
que en francés se lee un U bu. Así pudo nacer, más
tarde, de las entrañas maldororianas, las irreverencias
del famoso personaje de Jarry.
En cada dibujo de Beneyto, la biblioteca patafísica –
o sea: la ciencia – se vuelve a poner en marcha.
RICARD
RIPOLL
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